Basilio se mordió los labios.

—Usted nos ahorra un viaje, añadió el cabo, poniéndole la mano sobre el hombro; ¡dése usted preso!

—¿Cómo, yo tambien?

Makaraig soltó una carcajada.

—No se apure usted, amigo; vamos en coche, y así le contaré la cena de anoche.

Y con un gesto muy gracioso, como si estuviese en su casa, invitó al ausiliante y al cabo á que subiesen en el coche que les esperaba en la puerta.

—¡Al Gobierno Civil! dijo al cochero.

Basilio que ya se había recobrado, contaba á Makaraig el objeto de su visita. El rico estudiante no le dejó terminar y le estrechó la mano.

—Cuente usted conmigo, cuente usted conmigo y á la fiesta de nuestra investidura convidaremos á estos señores, dijo señalando al cabo y al alguacil.