—Yo no soy el gobierno y no puedo responder de sus actos. ¿Qué quieren los estudiantes que hagamos por ellos dentro de los límites en que estamos encerrados?
—No oponerse á la emancipacion de la enseñanza, sino favorecerla.
El dominico sacudió la cabeza.
—Sin decir mi propia opinion, eso es pedirnos el suicidio, dijo.
—Al contrario, es pedirles paso para no atropellarlos y aplastarlos.
—¡Hm! dijo el P. Fernandez parándose y quedándose pensativo. Empiezen ustedes por pedir algo que no cueste tanto, algo que cada uno de nosotros pueda conceder sin menoscabo de su dignidad y privilegios, porque si podemos entendernos y vivir en paz, ¿á qué los odios, á qué las desconfianzas?
—Descendemos entonces á detalles...
—Sí, porque si tocamos á los cimientos, echaremos abajo el edificio.
—Vayamos pues á los detalles, dejemos la esfera de los principios, repuso Isagani sonriendo; y sin decir tambien mi propia opinion—y aquí acentuó el joven la frase—los estudiantes cesarían en su actitud y se suavizarían ciertas asperezas si los profesores supiesen tratarlos mejor de lo que hasta ahora han hecho... Esto está en sus manos.
—¿Qué? preguntó el dominico; ¿tienen los alumnos alguna queja de mi conducta?