—Padre, nos hemos convenido desde un principio en no hablar ni de usted ni de mí. Hablamos en general: los estudiantes, tras de no sacar gran provecho de los años pasados en las clases, suelen muchos dejar allí girones de su dignidad, si no toda.
El P. Fernandez se mordió los labios.
—Nadie les obliga á estudiar; los campos no están cultivados, observó secamente.
—Sí, que algo les obliga á estudiar, replicó en el mismo tono Isagani mirando cara á cara al dominico. Aparte del deber de cada uno de buscar su perfeccion, hay el deseo inato en el hombre de cultivar su inteligencia, deseo aquí más poderoso cuanto más reprimido; y el que da su oro y su vida al Estado, tiene derecho á exigirle que le dé la luz para ganar mejor su oro y conservar mejor su vida. Sí, Padre; hay algo que les obliga, y ese algo es el mismo gobierno, son ustedes mismos que se burlan sin compasion del indio no instruido y le niegan sus derechos, fundándose en que es ignorante. ¡Ustedes le desnudan y luego se burlan de sus vergüenzas!
El P. Fernandez no contestó; siguió paseándose pero febrilmente, como muy excitado.
—¡Usted dice que los campos no están cultivados! continuó Isagani en otro tono, despues de una breve pausa; no entremos ahora á analizar el por qué, porque nos iríamos lejos; pero, usted, P. Fernandez, usted, profesor, usted, hombre de ciencia, usted quiere un pueblo de braceros, ¡de labradores! ¿Es para usted el labrador el estado perfecto á que puede llegar el hombre en su evolucion? ¿O es que quiere usted la ciencia para sí y el trabajo para los demás?
—No, yo quiero la ciencia para el que se la merezca, para el que la sepa guardar, contestó; cuando los estudiantes den pruebas de amarla; cuando se vean jóvenes convencidos, jóvenes que sepan defender su dignidad y hacerla respetar, habrá ciencia, ¡habrá entonces profesores considerados! ¡Si hay profesores que abusan es porque hay alumnos que condescienden!
—Cuando haya profesores, ¡habrá estudiantes!
—Empiezen ustedes por trasformarse, que son los que tienen necesidad de cambio, y nosotros seguiremos.
—Sí, dijo Isagani con risa amarga; ¡que empecemos porque por nuestro lado está la dificultad! Bien sabe usted lo que le espera al alumno que se pone delante de un profesor: usted mismo, con todo su amor á la justicia, con todos sus buenos sentimientos, ha estado conteniéndose á duras penas cuando yo le decía amargas verdades, ¡usted mismo, P. Fernandez! ¿Qué bienes ha sacado el que entre nosotros quiso sembrar otras ideas? Y ¿qué males han llovido sobre usted porque quiso ser bueno y cumplir con su deber?