La noche fué de las más tristes. En las casas se rezaba el rosario y piadosas mujeres dedicaban sendos padrenuestros y requiems á las almas de parientes y amigos. A las ocho de la noche apenas se veía un transeunte: solo de tiempo en tiempo se oía el galopar de un caballo cuyos flancos golpea escandalosamente un sable, despues pitadas de guardias, coches que pasan á todo escape como perseguidos por turbas filibusteras.

Sin embargo no en todas partes reinaba el terror.

En la platería donde se hospedaba Plácido Penitente, se comentaban tambien los acontecimientos y se discutían con cierta libertad.

—¡Yo no creo en los pasquines! decía un obrero delgaducho y seco á fuerza de manejar el soplete; ¡para mí es obra del P. Salví!

—¡Ejem, ejem! tosió el maestro platero, hombre muy prudente que, temiendo pasar por cobarde, no se atrevía á cortar la conversacion. El buen hombre se contentaba con toser, guiñaba á su oficial y miraba hácia la calle, como para decirle:—¡Pueden espiarnos!

—¡Por lo de la opereta! continuó el obrero.

—¡Ohó! exclamó uno que tenía cara de simple; ¡ya lo decía yo! Por eso...

—¡Hm! repuso un escribiente en tono de compasion; lo de los pasquines es cierto, Chichoy, ¡pero te daré su explicacion!

Y añadió en voz misteriosa:

—¡Es una jugada del chino Quiroga!