—¡Ejem, ejem! volvió á toser el maestro pasando el sapá del buyo de un carrillo á otro.
—Créeme, Chichoy, ¡del chino Quiroga! ¡Lo he oido en la oficina!
—Nakú, ¡seguro pues! exclamó el simple, creyéndolo ya de antemano.
—Quiroga, continuó el escribiente, tiene cien mil pesos en plata mejicana en la bahía. ¿Cómo hacerlos entrar? Pues sencillamente; inventa los pasquines, aprovechándose de la cuestion de los estudiantes, y mientras todo el mundo está alborotado, ¡pum! ¡unta á los empleados y pasan las cajas!
—¡Justo, justo! exclamó el crédulo pegando un puñetazo sobre la mesa. ¡Justo! Por eso palá el chino Quiroga... ¡por eso!
Y tiene que callarse no sabiendo qué decir del chino Quiroga.
—¿Y nosotros pagaremos los platos rotos...? preguntaba Chichoy indignado.
—¡Ejem, ejem, ejjjem! tosió el platero oyendo acercarse pasos en la calle.
En efecto los pasos se acercaban, y en la platería todos se callaron.
—San Pascual Bailon es un gran santo, dijo hipócritamente en voz alta el platero, guiñando á los otros; san Pascual Bailon...