—Sigulo, puele contalata aliendo galela con Kilisto, ¿ja? Cuando mia muele, mia contalatista, ¿ja?
En otros corros se hablaba más del muerto; al menos se discutía el traje que le iban á poner. Capitan Tinong proponía el hábito de un franciscano; precisamente tenía él uno, viejo, raido y remendado, preciosa pieza que, segun el fraile que se lo dió de limosna en cambio de treinta y seis pesos, preservaba al cadáver de las llamas del infierno y contó en su apoyo varias anécdotas piadosas sacadas de los libros que distribuyen los curas. Capitan Tinong, aunque tenía en much aquella reliquia, estaba dispuesto á cedérsela á su íntimo amigo, á quien no había podido visitar durante su enfermedad. Pero un sastre objetó con mucha razon que, pues que las monjas le vieron á Capitan Tiago subiendo al cielo de frac, de frac tenían que vestirle aquí en la tierra y no había necesidad de preservativos ni impermeables; se va de frac cuando se va á un baile, á una fiesta, y no otra cosa le debe esperar en las alturas... y ¡miren! casualmente tiene él uno hecho, que lo puede ceder por treinta y dos pesos, cuatro más barato que el hábito del franciscano, porque con Capitan Tiago no quiere él ganar nada: ¡fué su parroquiano en vida y ahora será su patron en el cielo! Pero el P. Irene, albacea y ejucutor testamentario, rechazó una y otra proposicion y mandó vistiesen al cadáver con cualquiera de sus antiguos trajes, diciendo con santa uncion que Dios no se fijaba en vestiduras.
Las exequias fueron, pues, de primerísima clase. Hubo responsos en casa, en la calle, oficiaron tres frailes como si uno no pudiese bastar con tanta alma, se hicieron todos los ritos y ceremonias posibles, y es fama que se improvisaron otras, habiendo extras como en los beneficios de los teatrillos. Aquello fué una delicia: se quemó mucho incienso, se cantó mucho en latin, se gastó mucha agua bendita—el P. Irene en obsequio de su amigo cantó con voz de falsete el Dies iræ, desde el coro—y los vecinos cogieron verdadero dolor de cabeza con tanto doblar á muerto.
Doña Patrocinio, la antigua rival de Cpn. Tiago en religiosería, deseó de todas véras morirse al día siguiente para encargar exequias aun más soberanas. La piadosa vieja no podía sufrir que aquel, que ella tenía ya para siempre vencido, al morir, resuscitase con tanta pompa. Sí, deseaba morirse y le parecía escuchar las esclamaciones de la gente que presenciará sus responsos:
—¡Esto, sí, que es entierro! ¡esto, sí, que es saber morir, doña Patrocinio!
XXX
Julî
La muerte de Capitan Tiago y la prision de Basilio se supieron pronto en la provincia, y para honra de los sencillos habitantes de San Diego diremos que se sintió más la última y solo de ella se habló casi. Y como era de esperar, la noticia fué adoptando diferentes formas, se dieron detalles tristes, pavorosos, se explicó lo que no se comprendía, se suplieron las lagunas con conjeturas, estas pasaron por hechos acontecidos y el fantasma así engendrado aterró á sus mismos progenitores.
En el pueblo de Tianì se decía que, cuando menos, cuando menos, el joven iba á ser deportado y muy probablemente asesinado durante el viaje. Los timoratos y pesimistas no se contentaban con esto y hablaban de horcas y consejos de guerra; Enero era un mes fatal, en Enero fué lo de Cavite y aquellos, con ser curas, fueron ahorcados; con que un pobre Basilio sin amparo ni amistades...