Capitan Tiago tuvo buen fin, esto es, un entierro como pocos. Es cierto que el cura de la parroquia había hecho observar al P. Irene que Cpn. Tiago se había muerto sin confesion, pero el buen sacerdote, sonriendo burlonamente, se frotó la punta de su nariz y respondió:
—Vamos ¡á mí con esas! si hubiéramos de negar las exequias á todos los que se mueren sin confesion, nos olvidaríamos del De profundis. Esos rigores, como usted sabe bien, se conservan cuando el impenitente es tambien insolvente, pero ¡con Cpn. Tiago!... ¡Vaya! ¡si chinos infieles ha enterrado usted y con misa de requiem!
Cpn. Tiago había nombrado albacea y ejecutor testamentario al P. Irene, y legaba sus bienes parte á Sta. Clara, parte al Papa, al Arzobispo, á las Corporaciones religiosas, dejando veinte pesos para las matrículas de los estudiantes pobres. Esta última cláusula se dictó á propuesta del P. Irene, á fuer de protector de la juventud estudiosa. Cpn. Tiago había anulado un legado de veinticinco pesos que dejaba á Basilio, en vista de la ingrata conducta observada por el joven en los últimos días, pero el P. Irene lo restablecía y anunciaba que lo tomaba sobre su bolsillo y su conciencia.
En la casa del muerto, á donde habían acudido al día siguiente antiguos conocidos y amigos, se comentaba mucho un milagro. Decíase que en el momento mismo en que agonizaba, el alma de Capitan Tiago se había aparecido á las monjas, rodeada de brillante luz. Dios la salvaba, gracias á las numerosas misas que había mandado decir y á los piadosos legados. El rumor se comentaba, se dibujaba, adquiría detalles y ninguno lo ponía en duda. Se describía el traje de Cpn. Tiago, por supuesto, el frac, la mejilla levantada por el sapá del buyo, sin olvidar la pipa para fumar opio ni el gallo sasabug̃in. El sacristan mayor que se encontraba en el grupo, afirmaba gravemente con la cabeza, y pensaba que, muerto él, se aparecería con su tasa de tajú blanco porque, sin aquel desayuno refrescante, no se comprendía la felicidad ni en el cielo ni en la tierra. Sobre este tema y por no poder hablar de los acontecimientos del día anterior y por haber allí tahures, se emitían pareceres muy peregrinos, se hacían conjecturas sobre si Capitan Tiago invitaría ó no á San Pedro para una soltada, si se cruzarían apuestas, si los gallos serían inmortales, si invulnerables, y en este caso, quién sería el sentenciador, quién ganaría, etc., discusiones muy al gusto de los que fundan ciencias, teorías, sistemas basados en un testo que reputan infalible, revelado ó dogmático. Se citaban, además, pasages de novenas, libros de milagros, dichos de curas, descripciones del cielo y otras zarandajas. Don Primitivo, el filósofo, estaba en sus glorias citando opiniones de teólogos.
—Porque ninguno puede perder, decía con mucha autoridad; perder ocasiona disgusto y en el cielo no puede haber disgustos.
—Pero alguno tiene que ganar, replicaba el tahur Aristorenas; ¡en ganar está la gracia!
—¡Pues ganan ambos, sencillamente!
Eso de ganar ambos no lo podía admitir Martin Aristorenas, él que ha pasado su vida en la gallera y siempre ha visto que un gallo perdía y otro ganaba; á lo más puede haber tablas. En vano habló don Primitivo en latin, Martin Aristorenas sacudía la cabeza, y eso que el latin de don Primitivo era facil de entenderse; hablaba de an gallus talisainus, acuto tari armatus, an gallus beati Petri bulikus sasabungus sit, etc., hasta que se deciió á emplear el argumento de que se valen muchos para hacer callar y convencer:
—¡Te vas á condenar, amigo Martin, vas á caer en una heregía! ¡Cave ne cadas! ¡Ya no voy á jugar contigo al monte! ¡Ya no haremos vacas! ¡Niegas la omnipotencia de Dios, peccatum mortale! ¡Niegas la evidencia de la Santísima Trinidad: tres son uno y uno son tres! ¡Cuidadito! ¡Niegas indirectamente que dos naturalezas, dos entendimientos y dos voluntades puedan tener una sola memoria! ¡Cuidado! ¡Quicumque non crederit, anathema sit!
Martin Aristorenas se encogió pálido y tembleoroso, y el chino Quiroga que había escuchado con mucha atencion el razonamiento, con mucha deferencia ofreció al filósofo un magnífico cigarro y le preguntó con su voz acariciadora: