Aquella noche los guardias de las puertas de la ciudad fueron sustituidos por artilleros peninsulares y al día siguiente, á los primeros rayos del sol, Ben Zayb que se aventuró á dar un paseo matinal para ver el estado de las murallas, encontró en el glacis, cerca de la Luneta, el cadáver de una jovencita india, medio desnuda y abandonada. Ben Zayb se horrorizó y despues de tocarla con su baston, y mirar hácia la direccion de las puertas, continuó su camino, pensando componer sobre el hecho un cuentecito sentimental. Ninguna alusion, sin embargo, apareció en los periódicos de los días sucesivos, los cuales se ocuparon de caidas y resbalones, ocasionados por cáscaras de plátanos, y, como falto de noticias, el mismo Ben Zayb tuvo que comentar largamente cierto ciclon que en América destruyó pueblos y causó la muerte á más de dos mil personas. Entre otras lindezas decía:
«El sentimiento de la caridad MAS LATENTE EN LOS PUEBLOS CATÓLICOS QUE EN OTRO ALGUNO y el recuerdo de Aquel que á impulsos de la misma se sacrificó por la humanidad, nos mueve (sic) á compasion por las desgracias de nuestros semejantes ¡y á hacer votos por que en este país, tan castigado por los ciclones, no se produzcan escenas tan desoladoras como las que han debido presenciar los habitantes de los Estados Unidos!»
Horatius no perdonó la ocasion y, sin hablar tampoco ni de los muertos, ni de la pobre india asesinada, ni de los atropellos, le contestó en su Pirotecnia:
«Despues de tanta caridad y tanta humanidad, Fray Ibañez, digo Ben Zayb, se reduce á pedir para Filipinas.
Pero se comprende.
Porque no es católico y el sentimiento de la caridad es más latente, etc., etc., etc.
XXIX
Ultimas palabras sobre Capitan Tiago
Talis vita finis ita.