—¡Se simula una revolucion! añadió negligentemente el pirotécnico, encendiendo un cigarillo por encima del tubo del quinqué; y ¿qué haríamos entonces?

—Pues hacerla ya de véras, porque, ya que nos van á degollar...

La tos violenta que se apoderó del platero impidió que se oyese la continuacion de la frase. Debía Chichoy decir cosas terribles porque hacía gestos asesinos con su soplete y ponía cara de tragico japonés.

—¡Digan ustedes que se finge enfermo porque tiene miedo de salir! Como le vea...

Al maestro le atacó otra violentísima tos y acabó por suplicar á todos se retirasen.

—Sin embargo, prepararse, prepararse, decía el pirotécnico. Si quieren forzarnos á matar ó á morir...

Otra tos le volvió á atacar al infeliz patron y los obreros ú oficiales se retiraron á sus casas, llevándose martillos, sierras y otros instrumentos más ó menos cortantes, más ó menos contundentes, disponiéndose á vender caras sus vidas. Plácido y el pirotécnico volvieron á salir.

—¡Prudencia, prudencia! recomendaba el maestro con voz lacrimosa.

—¡Usté ya no más cuidado con mi viuda y mis huérfanos! suplicaba el crédulo con voz más lacrimosa todavía.

El infeliz ya se veía acribillado de balas y enterrado.