—¡Vaya una broma de mal gusto! repuso don Custodio: ¡firmar el papel con el nombre de un filibusterillo, muerto hace más de diez años!

—¡¡Filibusterillo!!

—¡Es una broma sediciosa!

—Habiendo señoras...

El P. Irene buscaba al bromista y vió al P. Salví, que estaba sentado á la derecha de la condesa, ponerse pálido como su servilleta mientras con los ojos desencajados contemplaba las misteriosas palabras. ¡La escena de la esfinge se le presentó en la memoria!

—¿Qué hay, P. Salví? preguntó; ¿está usted reconociendo la firma de su amigo?

El P. Salví no contestó; hizo ademan de hablar y sin apercibirse de lo que hacía, se pasó por la frente la servilleta.

—¿Qué le pasa á V. R.?

—¡Es su misma escritura! contestó en voz baja, apenas inteligible; ¡es la misma escritura de Ibarra!

Y recostándose contra el respaldo de su silla, dejó caer los brazos como si le faltasen las fuerzas.