La inquietud convirtióse en terror; se miraron unos á otros sin decirse una sola palabra. S. E. quiso levantarse, pero temiendo lo atribuyeran á miedo, se dominó y miró en torno suyo. No había soldados: los criados que servían le eran desconocidos.

—Sigamos comiendo, señores, repuso, ¡y no demos importancia á una broma!

Pero su voz, en vez de tranquilizar, aumentó la inquietud; la voz temblaba.

—Supongo que ese Mane thecel phares, ¿no querrá decir que seremos asesinados esta noche? dijo don Custodio.

Todos se quedaron inmóviles.

—Pero pueden envenenarnos...

Soltaron los cubiertos.

La luz en tanto principió á oscurecerse poco á poco.

—La lámpara se apaga, observó el General inquieto; ¿quiere usted subir la mecha, P. Irene?

En aquel momento, con la rapidez del rayo, entró una figura derribando una silla y atropellando un criado y, en medio de la sorpresa general, se apoderó de la lámpara, corrió á la azotea y la arrojó al río. Todo pasó en un segundo: el comedor se quedó á oscuras.