Y silbaba la rama y caía sobre una espalda cualquiera, la más próxima, á veces sobre un rostro, dejando una marca primero blanca, roja despues, y más tarde sucia gracias al polvo del camino.
—¡Adelante, cobardes! gritaba á veces en español ahuecando mucho la voz.
—¡Cobardes! repetían los ecos del monte.
Y los cobardes apresuraban su marcha bajo el cielo de hierro caldeado, por un camino que quema, hostigados por la nudosa rama que se desmenuza sobre la acardenalada piel. ¡El frío de la Siberia sería quizás más clemente que el sol de Mayo en Filipinas!
Sin embargo, entre los soldados había uno que miraba con malos ojos tantas crueldades inútiles: marchaba silencioso, las cejas fruncidas como digustado. Al fin, viendo que el guardia, no satisfecho con la rama, daba de puntapiés á los presos que se caían, no se pudo contener y le gritó impaciente:
—Oye, Mautang, ¡déjalos andar en paz!
Mautang se volvió sorprendido.
—Y á tí ¿qué te importa, Carolino? preguntó.
—A mí nada, ¡pero me dan pena! contestó el Carolino; ¡son hombres como nosotros!
—¡Como se vé que eres nuevo en el oficio! repuso Mautang riendo compasivo; ¿cómo tratábais, pues, á los presos en la guerra?