Trataba el anciano de analizar la sonrisa triste é irónica con que Simoun recibió la noticia de que iba á ser preso. ¿Qué significaba aquella sonrisa? ¿Y la otra sonrisa, más triste y más irónica todavía, cuando supo que solo vendrían á las ocho de la noche? ¿Qué significaba aquel misterio? ¿Por qué se negaba Simoun á esconderse?
Se le venía á la memoria la célebre oracion de San Juan Crisóstomo defendiendo al eunuco Eutropio: «¡Nunca fué como ahora oportuno decir: Vanidad de vanidades y todo vanidad!»
—Sí, aquel Simoun tan rico, tan poderoso, tan temido una semana antes, ahora, más desgraciado que Eutropio, buscaba asilo, y no en los altares de una iglesia, ¡sino en la miserable casa de un pobre clérigo indio, perdida en el bosque, en la orilla solitaria del mar! ¡Vanidad de vanidades y todo vanidad! ¡Y aquel hombre, dentro de breves horas, va á ser preso, arrancado del lecho donde yace, sin respeto á su estado, sin consideracion á sus heridas, vivo ó muerto le reclamaban sus enemigos! ¿Cómo salvarle? ¿Dónde encontrar los acentos conmovedores del obispo de Constantinopla? ¿Qué autoridad tenían sus pobres palabras, las palabras de un clérigo indio, cuya humillacion aquel mismo Simoun en sus días de gloria parecía aplaudir y alentar?
El P. Florentino no se acordaba ya de la indiferente acogida que dos meses antes le había hecho el joyero, cuando quiso interesarle en favor de Isagani, preso por su exaltation imprudente; se olvidada de la actividad que Simoun había desplegado para precipitar las bodas de Paulita, bodas que habían sumido á Isagani en una feroz misantropía, que ponía inquieto al tío: el P. Florentino lo olvidaba todo y solo se acordaba del estado del enfermo, de sus deberes de huésped, y se devanaba los sesos. ¿Debía esconderlo para evitar la accion de la justicia? Pero si el mismo interesado no se apuraba: sonreía...
En esto pensaba el buen anciano cuando un criado vino á advertirle que el enfermo le deseaba hablar. Pasó á la estancia inmediata, un limpio y bien ventilado aposento, con el pavimento hecho de anchas tablas brillantes y pulidas, ameublado sencillamente con grandes y pesados sillones, de forma antigua, sin barniz ni dibujos. Había en un estremo una gran cama de kamagon con sus cuatro columnas para sostener la corona del mosquitero y, al lado, una mesa cubierta de botellas, hilas y vendajes. Un reclinatorio á los piés de un Cristo y una pequeña biblioteca hacían sospechar que era el aposento del sacerdote, cedido á su huésped, segun la costumbre filipina de ceder al forastero la mejor mesa, el mejor cuarto y la mejor cama de la casa. Al ver las ventanas abiertas en todo su largo para dejar entrada libre al aire sano del mar y los ecos de su eterno lamento, nadie en Filipinas diría que allí se encontraba un paciente, pues es costumbre de cerrar todas las ventanas y las más pequeñas rendijas tan pronto como alguno se acatarra ó coge un dolor de cabeza insignificante.
El P. Florentino miró hácia la cama y con gran espanto suyo vió que la fisonomía del enfermo había perdido su espresion tranquila é irónica. Un dolor oculto parecía fruncir sus cejas, en la mirada se leía la ansiedad y sus labios se contraían en una sonrisa de dolor.
—¿Sufre usted, señor Simoun? preguntó solícito el sacerdote acercándose.
—Algo, ¡pero dentro de poco, dejaré de sufrir! contestó agitando la cabeza.
El P. Florentino juntó las manos aterrado, creyendo comprender una terrible verdad.
—¿Qué ha hecho usted, Dios mío? ¿Qué ha tomado usted? y tendió la mano hácia las botellas.