—¡Es inútil! ¡no hay remedio ninguno! contestó con dolorosa sonrisa; ¿qué quería usted que hiciese? antes que den las ocho... Vivo ó muerto... muerto sí, ¡pero vivo no!

—¡Dios mío, Dios mío! ¿Qué ha hecho usted?

—¡Cálmese usted! le interrumpió el enfermo con un gesto; lo hecho hecho está. No debo caer vivo en manos de nadie... pueden arrancarme el secreto. No se apure, no pierda la cabeza, es inútil... ¡Escúcheme! va á venir la noche y no hay tiempo que perder... necesito decirle mi secreto, necesito confiarle mi última voluntad... necesito que usted vea mi vida... En el momento supremo quiero aligerarme de un peso, quiero esplicarme una duda... Usted que tanto cree en Dios... ¡quiero que me diga si hay un Dios!

—Pero un antídoto, señor Simoun... tengo apomorfina... tengo éter, cloroformo...

Y el sacerdote trataba de buscar un frasco hasta que Simoun, impaciente, gritó:

—Es inútil... ¡es inútil! ¡No pierda usted tiempo! ¡Me iré con mi secreto!

El clérigo, aturdido, se dejó caer sobre el reclinatorio, oró á los piés del Cristo ocultando la cara en las manos y despues se levantó serio y grave como si hubiese recibido de su Dios toda la energía, toda la dignidad, toda la autoridad del Juez de las conciencias. Acercó un sillon á la cabecera del enfermo, y se dispuso á escuchar.

A las primeras palabras que le murmuró Simoun, cuando le dijo su verdadero nombre, el anciano sacerdote se echó para atrás y le miró con terror. El enfermo se sonrió amargamente. Cogido de sorpresa, el hombre no fué dueño de sí mismo, pero pronto se dominó y cubriéndose la cara con el pañuelo, volvió á inclinarse y á prestar atencion.

Simoun contó su dolorosa historia, cómo, trece años antes, de vuelta de Europa, lleno de esperanzas y risueñas ilusiones, venía para casarse con una joven que amaba, dispuesto á hacer el bien y á perdonar á todos los que le han hecho mal, con tal que le dejasen vivir en paz. No fué así. Mano misteriosa le arrojó en el torbellino de un motin urdido por sus enemigos; nombre, fortuna, amor, porvenir, libertad, todo lo perdió y solo se escapó de la muerte gracias al heroismo de un amigo. Entonces juró vengarse. Con las riquezas de su familia, enterradas en un bosque, escapóse, se fué al estrangero y se dedicó al comercio. Tomó parte en la guerra de Cuba, ayudando ya á un partido ya á otro, pero ganando siempre. Allí conoció al General, entonces comandante, cuya voluntad se captó primero por medio de adelantos de dinero y haciéndose su amigo despues gracias á crímenes cuyo secreto el joyero poseía. Él, á fuerza de dinero le consiguió el destino y una vez en Filipinas se sirvió de él como de ciego instrumento y le impulsó á cometer toda clase de injusticias valiéndose de su inextinguible sed del oro.

La confesion fué larga y pesada, pero durante ella el confesor no volvió á dar ningun signo de espanto y pocas veces interrumpió al enfermo. Era ya de noche cuando el P. Florentino, enjugándose el sudor de rostro, se irguió y se puso á meditar. Reinaba en la habitacion oscuridad misteriosa, que los rayos de la luna, entrando por la ventana, llenaba de luces vagas y reflejos vaporosos.