Todos le miraban con terror y comprendían que tenía razon. En la voz de Simoun se notaba cierto timbre estraño y siniestros rayos parecían pasar al través de sus anteojos azules.
Como para hacer cesar la impresion que aquellas piedras hacían sobre tan sencillas gentes, Simoun levantó la bandeja y descubrió el fondo donde encerraba los sancta sanctorum. Estuches de piel de Rusia, separados entre sí por capas de algodon, llenaban el fondo forrado de terciopelo gris. Todos esperaban maravillas. El marido de Sinang confiaba ver carbunclos, piedras arrojando fuego y brillando en medio de las tinieblas. Cpn. Basilio estaba ante las puertas de la immortalidad; iba á ver algo positivo, algo real, la forma de lo que tanto había soñado.
—Este es el collar de Cleopatra, dijo Simoun sacando con mucho cuidado una caja plana en forma de media luna; es una joya que no se puede tasar, un objeto de museo, solo para los gobiernos ricos.
Era una especie de collar formado por diferentes dijes de oro representando idolillos entre escarabajos verdes y azules, y en medio una cabeza de buitre, hecha de una piedra de un jaspe raro, entre dos alas estendidas, símbolo y adorno de las reinas egipcias.
Sinang al verlo arrugó la nariz é hizo una mueca de infantil desprecio, y Cpn. Basilio con todo su amor á la antigüedad no pudo contener un ¡abá! de desencanto.
—Es una magnífica joya muy bien conservada y cuenta casi dos mil años.
—¡Psh! se apresuró á decir Sinang para que su padre no cayese en la tentacion.
—¡Tonta! díjole éste que había podido vencer su primer desencanto; ¿qué sabes tú si se debe á ese collar la faz actual de toda la sociedad? Con ése habrá cautivado Cleopatra á Cesar, á Marco Antonio... ése ha oido las ardientes declaraciones de amor de los dos más grandes guerreros de su tiempo, ¡ése oyó frases en el más puro y elegante latin y ya quisieras tu habértelo puesto!
—¿Yo? ¡no doy tres pesos!
—Veinte se pueden dar, ¡gonga! dijo Cpna. Tikâ en tono de conocedor; el oro es bueno y fundido servirá para otras alhajas.