—Este es un anillo que debió pertenecer á Sila, continuó Simoun.

Era un anillo ancho, de oro macizo, con un sello.

—Con él había firmado las sentencias de muerte durante su dictadura, dijo Cpn. Basilio pálido de emocion.

Y trató de examinarlo y decifrar el sello, pero por más que hizo y le dió vueltas, como no entendía de paleografía, nada pudo leer.

—¡Qué dedo tenía Sila! observó al fin; caben dos de los nuestros; como digo, decaemos.

—Tengo aun otras muchas alhajas...

—Si son todas por el estilo, ¡gracias! contestó Sinang; prefiero las modernas.

Cada uno escogió una alhaja, quien un anillo, quien un reloj, quien un guardapelo. Capitana Tikâ compró un relicario que contenía un pedazo de la piedra sobre la cual se apoyó N. S. en su tercera caida; Sinang, un par de pendientes y Cpn. Basilio, la cadena de reloj para el alférez, los pendientes de señora para el cura con más otras cosas de regalo; las otras familias del pueblo de Tianì por no quedarse menos que las S. Diego vaciaron igualmente sus bolsillos.

Simoun compraba tambien alhajas viejas, hacía cambios, y las económicas madres habían traido las que no les servían.

—Y ¿usted, no tiene nada que vender? preguntó Simoun á Cabesang Tales, viéndole mirar con ojos codiciosos todas las ventas y cambios que se hacían.