Cabesang Tales dijo que las alhajas de su hija habían sido vendidas y las que quedaban no valían nada.
—¿Y el relicario de María Clara? preguntó Sinang.
—¡Es verdad! exclamó el hombre, y un momento sus ojos brillaron.
—Es un relicario con brillantes y esmeraldas, dijo Sinang al joyero; mi amiga lo usaba antes de entrar de monja.
Simoun no contestó: seguía ansioso con la vista á Cabesang Tales.
Despues de abrir varios cajones dió con la alhaja. Contemplólo Simoun detenidamente, lo abrió y lo cerró repetidas veces: era el mismo relicario que María Clara llevaba en la fiesta de San Diego y que en un movimiento de compasion había dado á un lazarino.
—Me gusta la forma, dijo Simoun, ¿cuánto quiere usted por ella?
Cabesang Tales se rascó la cabeza perplejo, despues la oreja y miró á las mujeres.
—Tengo un capricho por ese relicario, repitió Simoun; quiere usted ciento... ¿quinientos pesos? ¿Quiere usted cambiarlo con otro? ¡Escoja usted lo que quiera!
Cabesang Tales estaba silencioso, y miraba embobado á Simoun como si dudase de lo que oía.