Todos prestaron atencion. Aquel día se iba á dar la batalla sobre la cuestion de la enseñanza del castellano por la que estaban allí desde hace días el P. Sibyla y el P. Irene. Se sabía que el primero, como Vice Rector, estaba opuesto al proyecto y que el segundo lo apoyaba y sus gestiones lo estaban á su vez por la señora condesa.

—¿Qué hay, qué hay? preguntaba S. E. impaciente.

—La juehion je lah jamah je jalon, repitió el secretario ahogando un bostezo.

—¡Quedan prohibidas!

—Perdone, mi General, dijo el alto empleado gravemente: V. E. me permitirá que le haga observar que el uso de las armas de salon está permitido en todos los paises del mundo...

El General se encogió de hombros.

—Nosotros no imitamos á ninguna nacion del mundo, observó secamente.

Entre S. E. y el alto empleado había siempre divergencia de opinion y basta que el último haga una observacion cualquiera para que el primero se mantenga en sus trece.

El alto empleado tanteó otro camino.

—Las armas de salon solo pueden dañar á los ratones y gallinas, dijo; van á decir que...