—¿Que somos gallinas? continuó el General encogiéndose de hombros; y á mí, ¿qué? Pruebas he dado yo de no serlo.
—Pero hay una cosa, observó el secretario; hace cuatro meses, cuando se prohibió el uso de las armas, se les ha asegurado á los importadores estrangeros que las de salon serían permitidas.
Su Excelencia frunció las cejas.
—Pero la cosa tiene arreglo, dijo Simoun.
—¿Cómo?
—Sencillamente. Las armas de salon tienen casi todas seis milimetros de calibre, al menos las que existen en el mercado. ¡Se autoriza la venta solo para todos los que no tengan esos seis milimetros!
Todos celebraron la ocurrencia de Simoun, menos el alto empleado que murmuró al oido del P. Fernandez que aquello no era serio ni se llama gobernar.
—El maestro de Tianì, continuó el secretario hojeando unos papeles, solicita se le dé mejor local para...
—¿Qué más local si tiene un camarin para él solo? interrumpió el P. Camorra que había acudido olvidándose ya del tresillo.
—Dice que está destechado, repuso el secretario, y que habiendo comprado de su bolsillo mapas y cuadros, no puede esponerlos á la intemperie...