—¡Puñales, eso no! gritó el P. Camorra; veremos antes ¡quien tiene más puños!

Entonces habló el P. Fernandez que durante la discusion solo se había contentado con sonreir. Todos se pusieron atentos porque sabían que era una buena cabeza.

—No me quiera usted mal, P. Sibyla, si difiero de su manera de ver el asunto, pero es raro destino el mío de estar casi siempre en contradiccion con mis hermanos. Digo pues que no debemos ser tan pesimistas. La enseñanza del castellano se puede conceder, sin peligro ninguno y para que no aparezca como una derrota de la Universidad, debíamos los dominicos hacer un esfuerzo y ser los primeros en celebrarla: allí está la política. ¿Para qué vamos á estar en contínua tirantez con el pueblo, si despues de todo somos los pocos y ellos los más, si nosotros necesitamos de ellos y no ellos de nosotros?—Espere usted, P. Camorra, ¡espere usted!—Pase que por ahora el pueblo sea debil y no tenga tantos conocimientos, yo tambien lo creo así, pero no será mañana, ni pasado. Mañana ó pasado serán los más fuertes, sabrán lo que les convendrá y no lo podemos impedir, como no se puede impedir que los niños, llegados á cierta edad, se enteren de muchas cosas... Digo pues, por qué no aprovechamos este estado de ignorancia para cambiar por completo de política, para fundarla sobre una base sólida, imperecedera, ¿la justicia por ejemplo en vez de la base ignorancia? Porque no hay como ser justos, esto se lo he dicho siempre á mis hermanos y no me quieren creer. El indio, como todo pueblo joven, es idólatra de la justicia; pide el castigo cuando ha faltado, así como le exaspera cuando no lo ha merecido. ¿Es justo lo que desean? pues á concederlo, démosles todas las escuelas que quieran, ya se cansarán: la juventud es holgazana y lo que la pone en actividad es nuestra oposicion. Nuestro lazo prestigio, P. Sibyla, está ya muy gastado, preparemos otro, el lazo gratitud por ejemplo. No seamos tontos, hagamos lo que los cucos jesuitas...

—¡Oh, oh, P. Fernandez!

No, no; todo lo podía tolerar el P. Sibyla menos proponerle á los jesuitas por modelo. Tembloroso y pálido se deshizo en amargas recriminaciones.

—Primero franciscano... ¡cualquier cosa antes que jesuita! dijo fuera de sí.

—¡Oh, oh!

—¡Eh, eh! ¡¡Padre P—!!

Vino una discusion en que todos, olvidándose del Capitan General, intervinieron; hablaban á la vez, gritaban, no se entendían, se contradecían; Ben Zayb las tenía con el P. Camorra y se enseñaban los puños, el uno hablaba de gansos y el otro de chupa-tintas, el P. Sibyla hablaba del Capítulo y el P. Fernandez, de la Summa de Sto. Tomás, etc. hasta que entró el cura de Los Baños á anunciar que el almuerzo estaba servido.

Su Excelencia se levantó y así se cortó la discusion.