—Como era el primer día de clase, leyó la lista y señaló la leccion: sobre los espejos. ¡Mira! desde aquí hasta allí, de memoria, al pié de la letra... ¡se salta todo este trozo y se da esto!
Y le indicaba con el dedo en la Física de Ramos los puntos que se tenían que aprender, cuando de repente saltó el libro por los aires, merced á una palmada que le aplicó Juanito de abajo arriba.
—Hombre, déjate de lecciones, ¡vamos á hacer día pichido!
Día pichido llaman los estudiantes de Manila al que encontrándose entre dos de fiesta, resulta suprimido, como estrujado por voluntad de los estudiantes.
—¿Sabes tu que verdaderamente eres un bruto? replicó furioso Plácido recogiendo su libro y sus papeles.
—¡Vamos á hacer día pichido! repetía Juanito.
Plácido no quería: por dos menos no cierran una clase de más de ciento cincuenta. Se acordaba de las fatigas y economías de su madre que le sustentaba en Manila privándose ella de todo.
En aquel momento entraban por la brecha de Sto. Domingo.
—Ahora me acuerdo, exclama Juanito al ver la plazoleta delante del antiguo edificio de la aduana; ¿sabes que estoy encargado para recoger la contribucion?
—¿Qué contribucion?