—¡Es verdad!

—¿Qué te parece si ponemos la contribucion á dos pesos? Anda, Placiding, empieza tu por dar, así te quedas en la cabeza de la lista.

Y como viese que Plácido daba sin vacilar los dos pesos pedidos, añadió.

—Oye, pon cuatro, que ya despues te devolveré los dos; es para que sirvan de gallo.

—Pues si me los has de devolver, ¿para qué dártelos? basta con que pongas cuatro.

—¡Ah! es verdad ¡qué bruto soy! ¿sabes que me voy volviendo bruto? Pero dámelos de todos modos, para enseñarlos.

Plácido, para no desmentir al cura que le bautizó, dió lo que le pedían.

Llegaron á la Universidad.

A la entrada y á lo largo de las aceras que á uno y otro lado de la misma se estendían, estacionaban los estudiantes esperando que bajen los profesores. Alumnos del año preparatorio de Derecho, del quinto de Segunda Enseñanza, del preparatorio de Medicina formaban animados grupos: estos últimos eran fáciles de distinguir por su traje y por cierto aire que no se observa en los otros: vienen en su mayoría del Ateneo Municipal y entre ellos vemos al poeta Isagani esplicando á un compañero la teoría de la refraccion de la luz. En un grupo se discutía, se disputaba, se citaban frases del profesor, testos del libro, principios escolásticos; en otro gesticulaban con los libros agitándolos en el aire, se demostraba con el baston trazando figuras sobre el suelo; más allá, entretenidos en observar á las devotas que van á la vecina iglesia, los estudiantes hacen alegres comentarios. Una vieja, apoyada en una joven, cojea devotamente; la joven camina con los ojos bajos, tímida y avergonzada de pasar delante de tantos observadores; la vieja levanta la falda color de café, de las Hermanas de Sta. Rita, para enseñar unos piés gorditos y unas medias blancas, riñe á su compañera y lanza miradas furiosas á los curiosos.

—¡Saragates! gruñe, no les mires, ¡baja los ojos!