—No importa, ¡fírmalo!

A Plácido le pareció que le tiraban de las orejas; tenía presente en la memoria la historia de un cabeza de barangay de su pueblo, que por haber firmado un documento que no conocía, estuvo preso meses y meses y por poco fué deportado. Un tío suyo, para grabarle la leccion en la memoria, le había dado un fuerte tiron de orejas. Y siempre que oía hablar de firmas se reproducía en los cartilagos de sus orejas la sensacion recibida.

—Chico, dispensa, pero no firmo nada sin enterarme antes.

—¡Que tonto eres! si lo firman dos carabineros celestiales, ¿qué tienes que temer?

El nombre de carabineros celestiales infundía confianza. Era una sagrada compañía, creada para ayudar á Dios en la guerra con el espíritu del mal, y para impedir la introduccion del contrabando herético en el mercado de la Nueva Sion.

Plácido iba ya á firmar para acabar porque tenía prisa: sus compañeros rezaban ya el O Thoma, pero le pareció que su tío le cogía de la oreja, y dijo:

—¡Despues de clase! quiero leerlo antes.

—Es muy largo, ¿entiendes? se trata de dirigir una contrapeticion, mejor dicho, una protesta. ¿Entiendes? Makaraig y algunos han solicitado que se abra una academia de castellano, lo cual es una verdadera tontería...

—¡Bien, bien! chico, luego será, que ya estan empezando, dijo Plácido tratando de escaparse.

—¡Pero si vuestro profesor no lee la lista!