—Cualquier cosa, lo que usted quiera, Padre, pensaba él, pero no se atrevía á decirlo de temor se riesen. Aquello se llamaba apuro y jamás las había visto tan gordas. Tenía cierta vaga idea de que á los frailes no se les podía conceder la cosa más inocente sin que de ella sacasen todas las concecuencias y provechos imaginables, díganlo si no sus haciendas y sus curatos. Así que su angel bueno le sugería negase cualquier cosa con toda la energía de su alma y la rebeldía de sus cabellos, y estaba ya para soltar un soberbio ¡nego! y porque quien niega todo no se compromete á nada, le había dicho cierto oficial de un juzgado; mas, la mala costumbre de no escuchar la voz de la propia conciencia, de tener poca fé en la gente de curia y buscar ausilio en los otros cuando se basta uno solo, le perdieron. Los compañeros hacían señas de que lo concediese, sobre todo Juanito Pelaez, y dejándose llevar de su mal sino, soltó un «concedo, Padre» con voz tan desfallecida como si dijese: In manus tuas commendo spiritum meum.
—Concedo antecedentem, repitió el catedrático sonriendo maliciosamente; ergo, puedo raspar el azogue de un espejo de cristal, sustituirlo por un pedazo de bibinka y siempre tendremos el espejo, ¿ja? ¿Qué tendremos?
El joven miró á sus inspiradores y viéndolos atónitos y sin saber qué decir, se dibujó en su cara el más amargo reproche. Deus meus, Deus meus, quare dereliquiste me, decían los atribulados ojos mientras que sus labios murmuraban: ¡linintikan! En vano tosía, estiraba la pechera de su camisa, se apoyaba sobre un pié, luego sobre otro, no encontraba solucion.
—Vamos, ¿qué tenemos? repetía el catedrático gozándose en el efecto de su argumento.
—¡La bibinka! soplaba Juanito Pelaez, ¡la bibinka!
—¡Cállate, bobo! gritó al fin desesperado el joven que quería salir del apuro trasformándolo en querella.
—¡A ver, Juanito, si me resuelves la cuestion! preguntó entonces el catedrático á Pelaez.
Pelaez, que era uno de sus favoritos, se levantó lentamente no sin dar antes un codazo á Plácido Penitente, que era el que le seguía por orden de lista. El codazo quería decir:
—¡Atencion y apúntame!
—Nego consecuentiam, ¡Padre! contestó resueltamente.