Y abrió de nuevo la lista, y buscó el nombre y puso la rayita.

—¡Vaya! ¡una rayita! decía; como ¡no tienes aun ninguna!

—Pero, Padre, exclamaba Plácido conteniéndose; si V. R. me pone la falta de leccion, V. R. ¡me debe borrar las de asistencia que me ha puesto por este día!

La Reverencia no respondió; consignó primero lentamente la falta, la contempló ladeando la cabeza—la rayita debía ser artística,—dobló la lista y despues con toda sorna preguntó;

—¡Abá! ¿y por qué, ñol?

—Porque no se concibe, Padre, que uno pueda faltar á clase y al mismo tiempo decir la leccion en ella... V. R. dice que, estar y no estar...

—¡Nacú! metapísico pa, ¡prematuro no más! Con que no se concibe, ¿ja? Sed patet experientiâ y contra experentiam negantem, fusilibus est argüendum, ¿entiendes? ¿Y no concibes tú, cabeza de filósofo, que se pueda faltar á clase y no saber la leccion al mismo tiempo? ¿Es que la no-asistencia implica necesariamente la ciencia? ¿Qué me dices, filosofastro?

Este último mote fué la gota de agua que hizo desbordar la vasija. Plácido que entre sus amigos tenía fama de filósofo, perdió la paciencia, arrojó el libro, se levantó y se encaró con el catedrático:

—¡Bastante; Padre, bastante! V. R. me puede poner las faltas que quiera, pero no tiene derecho á insultarme. Quédese V. R. con su clase, que yo no aguanto más.

Y sin más despedida, salió.