Pero el ruido y la algazara cesan paulatinamente á medida que llegan caracterizados estudiantes, convocados por Makaraig para darles cuenta de la marcha de la Academia de castellano. Isagani fué saludado cordialmente lo mismo que el peninsular Sandoval, que vino de empleado á Manila y concluía sus estudios, completamente identificado con las aspiraciones de los estudiantes filipinos. Las barreras que la política establece entre las razas, desaparecen en las aulas como derretidas al calor de la ciencia y de la juventud.
A falta de Ateneos y centros científicos, literarios ó políticos, Sandoval aprovecha todas las reuniones para desarrollar sus grandes dotes oratorias, pronunciando discursos discutiendo sobre cualquier tema y arrancando aplausos de sus amigos y oyentes. En aquellos momentos el tema de la conversacion era la enseñanza del castellano.
Como Makaraig no había llegado aun las conjeturas estaban á la orden del día.
—¿Qué habrá pasado?—¿Qué ha dispuesto el General?—
—¿Ha negado el permiso?—¿Triunfó el P. Irene?—¿Triunfó el P. Sibyla?
Estas eran las preguntas que se dirigían unos á otros, preguntas cuyas respuestas solo podía dar Makaraig.
Entre los jóvenes reunidos los había optimistas como Isagani y Sandoval que veían la cosa hecha y hablaban de plácemes y alabanzas del gobierno para el patriotismo de los estudiantes, optimismos que le hacían á Juanito Pelaez reclamar para sí gran parte de la gloria en la creacion de la sociedad. A todo esto respondía el pesimista Pecson,—un gordinflon con risa amplia de calavera,—hablando de estrañas influencias, de si el Obispo A., el Padre B., el Provincial C. fueron ó no consultados y de si aconsejaron ó no que metiese en la carcel á todos los de la asociacion, noticia que ponía inquieto á Juanito Pelaez quien entonces tartamudeaba:
—Carambas, no me metan ustedes...
Sandoval, á fuer de peninsular y liberal, se ponía furioso:
—¡Pero, p—! decía; ¡eso es tener mala opinion de S. E.! Ya sé que es muy frailuno, ¡pero en cuestion semejante no se deja influir de los frailes! ¿Me querrá usted decir, Pecson, en qué se funda para creer que el General no tiene propio criterio?