—No digo eso, Sandoval, contestaba Pecson sonriendo hasta enseñar su muela de juicio; el General para mí tiene propio criterio, esto es, el criterio de todos los que están al alcance de su mano... ¡Eso está claro!
—¡Dale bola! Pero ¡cíteme usted un hecho, cíteme un hecho! gritaba Sandoval; seamos enemigos de las discusiones huecas, de las frases vacías y vayamos al terreno de los hechos, añadía gesticulando elegantemente. Hechos, señores, hechos, lo demás es preocupacion que no quiero llamar filibustera.
Pecson se rie como un bendito y le interrumpe.
—¡Ya está el filibusterismo! Pero ¿es que no se puede discutir sin acudir á acusaciones?
Sandoval protesta, y pide hechos componiendo un pequeño discurso.
—Pues hace poco hubo aquí un pleito entre unos particulares y ciertos frailes, y el General interino lo falló, haciendo que lo sentenciase el Provincial de la orden litigante, contestó Pecson.
Y se echó otra vez á reir como si se tratase de una cosa inocente. Citaba nombres, fechas y prometía traer documentos que prueban la manera como se administró justicia.
—Pero ¿en qué podrá fundarse, dígame usted, en qué podrán fundarse para no permitir lo que salta á los ojos como altamente útil y necesario? preguntó Sandoval.
Pecson se encogió de hombros.
—En que peligra la integridad de la patria... repuso en el tono de un curial que lee un alegato.