Una salva de aplausos recibió la noticia; todos se abrazaban, todos tenían los ojos brillantes de lágrimas. Pecson era el único que conservaba su sonrisa de escéptico.

El que venía á traer tan buena nueva era Makaraig, el joven que encabezaba el movimiento.

Este estudiante ocupaba en aquella casa, para sí solo, dos habitaciones lujosamente amuebladas, tenía criado y cochero para cuidarle su araña y sus caballos. Era de gallardo continente, maneras finas, elegante, y riquísimo. Aunque estudiaba Derecho solo para tener un título académico, gozaba no obstante fama de aplicado y como dialéctico á la manera escolástica no tenía nada que envidiar á los más furibundos ergotistas del claustro Universitario. No estaba sin embargo muy atrasado respecto á ideas y adelantos modernos; su fortuna le proporcionaba todos los libros y revistas que la previa censura no conseguía detener. Con estas cualidades, con su fama de valiente, sus encuentros afortunados en sus años más juveniles y su galantería fina y delicada, no era estraño que ejerciese tanto influjo sobre sus compañeros, y fuera elegido para dar cima á tan difícil empresa como lo era la enseñanza del castellano.

Pasadas las primeras manifestaciones del entusiasmo que en la juventud siempre toma formas algo más exageradas por lo mismo que ella todo lo vé hermoso, quisieron enterarse de cómo habían ido las cosas.

—Esta mañana me ví con el P. Irene, dijo Makaraig con cierto misterio.

—¡Viva el P. Irene! gritó un estudiante entusiasta.

—El P. Irene, prosiguió Makaraig, me ha enterado de todo lo que ha pasado en Los Baños. Parece que estuvieron discutiendo lo menos una semana, él sosteniendo y defendiendo nuestra causa contra todos, contra el P. Sibyla, el P. Hernandez, el P. Salví, el General, el segundo Cabo, el joyero Simoun...

—¡El joyero Simoun! interrumpió otro, pero ¿qué tiene que ver ese judío con las cosas de nuestro país? Y nosotros que le enriquecemos comprando...

—¡Cállate! le dijo otro, impaciente y ansioso de saber como pudo vencer el P. Irene á tan terribles enemigos.

—Hasta había grandes empleados que estaban en contra de nuestro proyecto, el Director de Administracion, el Gobernador Civil, el chino Quiroga...