—¡Pues os compadezco!—repuso una joven de cándida fisonomía;—esta semana gané tres plenarias, y las dediqué al alma de mi marido.
—¡Mal hecho, hermana Juana!—dijo la ofendida Rufa.—Con una plenaria había bastante para sacarle del Purgatorio; no debéis malgastar las santas indulgencias; haced lo que yo.
—Yo decía: ¡cuanto más, mejor!—contestó la sencilla hermana Juana sonriendo.—Pero, decid, ¿qué es lo que hacéis?
Hermana Rufa no contestó al instante: primero pidió un buyo, lo mascó, miró á su auditorio que escuchaba atento, escupió á un lado, y comenzó mientras mascaba tabaco:
—¡Yo no malgasto ni un santo día! Desde que pertenezco á la Hermandad he ganado 457 indulgencias plenarias, 760,598 años de indulgencias. Apunto todas las que gano, porque me gusta tener cuentas limpias; no quiero engañar, ni que me engañen.
Hermana Rufa hizo una pausa y continuó mascando; las mujeres la miraban con admiración, pero el hombre que se paseaba se detuvo, y le dijo un poco desdeñoso:
—Pues yo, solamente este año, he ganado cuatro plenarias más que vos, hermana Rufa, y cien años más, y eso que este año no he rezado mucho.
—¿Más que yo? ¿Más de 689 plenarias de 994,856 años?—repitió hermana Rufa algo disgustada.
—Eso es, ocho plenarias más y ciento quince años más y en pocos meses,—repitió el hombre, de cuyo cuello pendían escapularios y rosarios mugrientos.
—No es extraño,—dijo la Rufa dándose por vencida;—¡sois el maestro y el jefe en la provincia!