XVIII

Almas en pena

Serían las siete de la mañana cuando fray Salví concluyó de decir su última misa: las tres se ofrecieron en el espacio de una hora.

—El padre está enfermo,—decían las devotas;—no se mueve con la pausa y elegancia de costumbre.

Despojóse de sus vestiduras sin decir una palabra, sin mirar á nadie, sin hacer ninguna observación.

—¡Atención!—se cuchicheaban los sacristanes;—¡el barreno progresa! ¡Van á llover multas, y todo por culpa de los dos hermanos!

Abandonó la sacristía para subir á la casa parroquial, en cuyo zaguán escuela aguardábanle sentadas en los bancos unas siete ú ocho mujeres y un hombre, que se paseaba de un extremo á otro. Al verle venir, levantáronse, una mujer se adelantó para besarle la mano, pero el religioso hizo un gesto tal de impaciencia, que la detuvo en medio de su camino.

—¿Habrá perdido un real Kuriput?[1]—exclamó la mujer con risa burlona, ofendida de tal recibimiento. ¡No darle á besar la mano á ella, la celadora de la Hermandad, la hermana Rufa! Aquello era inaudito.

—¡Esta mañana no se ha sentado en el confesonario!—añadió hermana Sipa, una vieja sin dientes;—yo quería confesarme para comulgar y ganar las indulgencias.