—Oid, madre, lo que he pensado. Hoy ha llegado de España el hijo del difunto don Rafael, y el cual será tan bueno como su padre. Pues bien, madre, mañana sacáis á Crispín, cobráis mi sueldo y decís que ya no seré sacristán. Tan pronto como me ponga bueno, iré á verle á don Crisóstomo y le suplicaré me admita como pastor de vacas ó carabaos: ya soy bastante grande. Crispín podrá aprender en casa del viejo Tasio, que no pega y es bueno, por más que no lo crea el cura. ¿Qué tenemos ya que temer del padre? ¿Puede hacernos más pobres de lo que somos? Creedlo, madre, el viejo es bueno; yo le he visto varias veces en la iglesia cuando no hay nadie en ella; se arrodilla y ora, creedlo. Con que, madre, dejaré de ser sacristán, se gana poco, y todavía lo que se gana se va en multas. Todos se quejan de lo mismo. Seré pastor, y cuidando bien lo que se me confíe, me haré querer del dueño; quizás nos dejen ordeñar una vaca para tomar leche; á Crispín le gusta mucho la leche. ¡Quién sabe! quizás os regalen una ternerita si ven que me porto bien; la cuidaremos y la engordaremos como nuestra gallina. En el bosque cogeré frutas y las venderé en el pueblo juntamente con las legumbres de nuestra huerta, y así tendremos dinero. Armaré lazos y trampas para coger aves y gatos monteses, pescaré en el río, y cuando sea más grande, cazaré. Podré también cortar leña para vender ó regalar al dueño de las vacas, y así le tendremos contento. Cuando pueda arar, le pediré me confíe un pedazo de tierra para sembrar caña de azúcar ó maíz, y no tendréis que coser hasta media noche. Tendremos ropas nuevas cada fiesta, comeremos carne y pescados grandes. Entretanto viviré libre, nos veremos todos los días y comeremos juntos. Y ya que dice el viejo Tasio que Crispín tiene mucha cabeza, le enviaremos á Manila á estudiar; yo le mantendré trabajando: ¿verdad, madre? Y será doctor, ¿qué decís?
—¿Qué he de decir? ¡Que sí!—contestó Sisa abrazando á su hijo.
Había notado que el hijo no contaba para nada con su padre en el porvenir, y lloró lágrimas silenciosas.
Basilio siguió hablando de sus proyectos con esa confianza de los años que no ve más que lo que se quiere ver. Sisa á todo decía sí, todo le parecía bueno. El sueño volvió á descender poco á poco sobre los cansados párpados del niño, y esta vez el Ole Luköie de que nos habla Andersen desplegó sobre él su hermoso paraguas, lleno de alegres pinturas.
Ya se veía pastor con su hermanito; cogían guayabas, alpay[3] y otras frutas en el bosque; andaban de rama en rama, ligeros como las mariposas; entraban en las grutas y veían que las paredes brillaban; bañábanse en los manantiales, y la arena eran polvos de oro, y las piedras como las piedras de la corona de la Virgen. Los pececillos les cantaban y reían, las plantas inclinaban sus ramas, cargadas de monedas y frutas. Luego vió una campana, colgada de un árbol, y una cuerda larga para tocarla: á la cuerda había atada una vaca con un nido de pájaros entre las astas, y Crispín estaba dentro de la campana, etcétera. Y así fué soñando.
Pero la madre, que no tenía su edad ni había corrido durante una hora, no dormía.
[2] Sueño ó realidad, no sabemos que esto le haya sucedido á ningún franciscano; del agustino padre Piernavieja se cuenta algo parecido. (Nota de la edición de Berlín). [↑]