El muchacho no contestó. Sentóse para enjugarse las lágrimas y el sudor. La choza estaba toda á obscuras.

—¡Un sueño, un sueño!—repetía Basilio en voz baja.

—¡Cuéntame qué has soñado; no puedo dormir!—decía la madre cuando su hijo volvió á acostarse.

—Pues,—dijo éste en voz baja,—soñé que fuimos á recoger espigas... en una sementera donde había muchas flores... las mujeres tenían cestos llenos de espigas... los hombres tenían también cestos llenos de espigas... y los niños también... ¡No me acuerdo más, madre, no me acuerdo de lo demás!

Sisa no insistió; ella no hacía caso de los sueños.

—Madre, he formado un proyecto esta noche,—dijo Basilio después de algunos minutos de silencio.

—¿Qué proyecto?—preguntó ella.

Sisa, humilde en todo, era humilde hasta con sus hijos; los creía más juiciosos que ella misma.

—¡Ya no quisiera ser sacristán!

—¿Cómo?