—¡Pues yo hago otra cosa mejor!—contestó hermana Sipa.

—¿Qué? ¿mejor?—pregunta sorprendida la Rufa.—¡No puede ser! ¡Lo que yo hago es inmejorable!

—¡Oid un momento y os convenceréis, hermana!—contesta la vieja Sipa en tono desabrido.

—¡A ver, á ver! ¡oigamos!—dijeron las otras.

Después de toser ceremoniosamente, habló la vieja de esta manera:

—Vosotras sabéis muy bien que rezando el Bendita sea tu Pureza, y el Señor mío Jesucristo, Padre dulcísimo por el gozo, se ganan diez años por cada letra...

—¡Veinte!—No, ¡menos!—¡Cinco!—dijeron varias voces.

—¡Uno más, uno menos, no importa! Ahora; cuando un criado ó una criada me rompe un plato, vaso ó taza, etc., le hago recoger todos los pedazos, y por cada uno, aún por el más pequeñito, tiene que rezarme el Bendita sea tu Pureza y el Señor mío Jesucristo, Padre dulcísimo por el gozo, y las indulgencias que gano las dedico á las almas. En casa todos los saben, menos los gatos.

—Pero estas indulgencias las ganan las criadas y no vos, hermana Sipa,—objeta la Rufa.

—Y ¿mis tazas, y mis platos quién me los paga? Ellas están contentas de pagarlos así, y yo también; no les pego, sólo algún coscorrón ó pellizco...