—¡Os imitaré!—¡Haré lo mismo!—¡Y yo!—decían las mujeres.

—Pero ¡si el plato no se ha roto más que en dos ó tres pedazos, ganáis poco!—observa aún la terca Rufa.

—¡Bah!—contesta la vieja Sipa,—les hago rezar también, hago colar los pedazos y no perdemos nada.

Hermana Rufa no supo ya qué objetar.

—Permitidme que os someta una duda,—dice tímidamente la joven Juana.—Vosotras, señoras, entendéis tan bien estas cosas del cielo, purgatorio é infierno... yo confieso que soy ignorante.

—¡Hablad!

—Encuentro muchas veces en las novenas y otros libros este encargo: Tres padrenuestros, tres avemarías y tres gloriapatris...

—¿Y bien?...

—Pues quería saber cómo hay que rezarlos; ó tres padrenuestros seguidos, tres avemarías seguidas y tres gloriapatris seguidos, ó tres veces, un padrenuestro, un avemaría y un gloriapatri?

—Pues así es, tres veces un padrenuestro...