—¡Perdonad, hermana Sipa!—interrumpe la Rufa;—deben rezarse de la otra manera: á los machos no hay que mezclarlos con las hembras: los padrenuestros son machos, las avemarías son hembras y las glorias son los hijos.

—¡Eh! perdonad, hermana Rufa; padrenuestro, avemaría y gloria son como arroz, vianda y salsa, un bocado de los santos...

—¡Estáis equivocada! Ved solamente, vos que rezáis así no conseguís nunca lo que pedís.

—¡Y vos porque rezáis así, no sacáis nada de vuestras novenas!—replica la vieja Sipa.

—¿Quién?—dice la Rufa levantándose;—hace poco perdí un cerdito, recé á San Antonio, y lo encontré, y tanto que lo vendí á un buen precio...

—¿Sí? ¡por eso decía vuestra vecina que vendisteis un cerdito suyo!

—¿Quién? ¡La sinvergüenza! ¿Acaso soy yo como vos?...

El maestro tuvo que intervenir para poner paz: ya nadie se acordaba de los padrenuestros, sólo se hablaba de cerdos.

—¡Vamos, vamos, no hay que reñir por un cerdito, hermanas! Las Santas Escrituras nos dan ejemplo: los herejes y protestantes no le han reñido á Nuestro Señor Jesucristo, que arrojó al agua una piara de puercos que les pertenecían, y nosotros que somos cristianos y además hermanos del Santísimo Rosario, ¿habremos de reñir por un cerdito? ¿Qué dirían de nosotros nuestros rivales, los Hermanos Terceros?

Calláronse todas admirando la profunda sabiduría del maestro, y temiendo el qué dirán de los Hermanos Terceros. Aquel, satisfecho de tanta obediencia, cambió de tono y prosiguió: