—Pronto nos hará llamar el cura. Hay que decirle qué predicador elegimos de los tres que ayer propuso: el padre Dámaso, el padre Martín ó el coadjutor. No sé si han elegido ya los Terceros; es menester decidir.
—El coadjutor...—murmura tímidamente la Juana.
—¡Hum! ¡El coadjutor no sabe predicar!—dice la Sipa;—mejor es el padre Martín.
—¿El padre Martín?—exclama otra con desdén;—no tiene voz: mejor es el padre Dámaso.
—¡Ese, ese es!—exclama la Rufa.—¡El padre Dámaso sí que sabe predicar, ese parece un comediante!
—¡Pero no le entendemos!—murmura la Juana.
—¡Porque es muy profundo! y con tal que predique bien...
En esto llegó Sisa, llevando una cesta sobre la cabeza, dió los buenos días á las mujeres y subió las escaleras.
—¡Aquella sube! ¡subamos también!—dijeron.
Sisa sentía latir con violencia su corazón mientras subía las escaleras: no sabía qué iba á decir al padre para aplacar su enojo ni qué razones iba á darle para abogar por su hijo. Aquella mañana, con las primeras tintas de la aurora había bajado á la huerta para coger sus más hermosas legumbres, que colocó en un cesto entre hojas de plátano y flores. Fué á orillas del río á buscar pakô[2], que sabía le gustaba al cura comer en ensalada. Vistióse sus mejores ropas, y con la cesta sobre la cabeza, sin despertar á su hijo, partió para el pueblo.