Procurando hacer el menor ruido posible, subía las escaleras lentamente, escuchando atenta por si acaso oía una voz conocida, fresca, infantil.
Pero no oyó mi encontró á nadie, y se dirigió á la cocina.
Allí miró á todos los rincones: criados y sacristanes la recibieron con frialdad. Saludó y apenas la contestaron.
—¿Dónde podré dejar estas legumbres?—preguntó sin darse por ofendida.
—¡Allí... en cualquier parte!—contestó el cocinero sin mirarlas apenas, atento á su faena: estaba desplumando un capón.
Sisa fué colocando ordenadamente sobre la mesa las berengenas, los amargosos, las patolas, la zarzalida y los tiernos ramos de pakô[3]. Después puso las flores encima, medio se sonrió, y preguntó á un criado, que le pareció más tratable que el cocinero:
—¿Podré hablar con el padre?
—Está enfermo,—contestó éste en voz baja.
—Y ¿Crispín? ¿Sabéis si está en la sacristía?
El criado la miró sorprendido.