—¿Crispín?—preguntó frunciendo las cejas.—¿No está en vuestra casa? ¿Lo querréis negar?

—Basilio está en casa, paro Crispín se ha quedado aquí,—repuso Sisa;—quiero verle...

—¡Ya!—dice el criado;—se quedó, pero después... después se escapó, robando muchas cosas. El cura me ha mandado esta mañana temprano al cuartel para dar parte á la Guardia Civil. Ya deben haber ido á vuestra casa á buscar á los chicos.

Sisa se tapó las orejas, abrió la boca, pero sus labios se agitaron en vano: no salió ningún sonido.

—¡Vaya con los hijos que tenéis!—añadió el cocinero.—Se conoce que sois fiel esposa: ¡los hijos han salido como el padre! ¡Cuidado que el pequeño le va á sobrepasar!

Sisa prorrumpió en amargo llanto, dejándose caer sentada sobre un banco.

—¡No lloréis aquí!—le gritó el cocinero:—¿no sabéis que el padre está enfermo? Id á llorar en la calle.

La pobre mujer casi á empujones descendió las escaleras, al mismo tiempo que las hermanas, que murmuraban y hacían conjeturas acerca de la enfermedad del cura.

La desgraciada madre ocultó su cara con el pañuelo y reprimió el llanto.

Al llegar á la calle, miró indecisa en torno suyo, y después, como si hubiese tomado una determinación, se alejó rápidamente.