El lago, rodeado de sus montañas, duerme tranquilo con esa hipocresía de los elementos, como si la noche anterior no hubiese hecho coro á la tempestad. A los primeros reflejos de luz, que despiertan en las aguas á los genios fosforescentes, se dibujan á lo lejos, casi en el confín del horizonte, parduscas siluetas: son las bancas de los pescadores que recogen la red; cascos y paraos[1] que tienden sus velas.

Dos hombres, vestidos de riguroso luto, contemplan silenciosos el agua desde una altura: uno de ellos es Ibarra y el otro es un joven de aspecto humilde y fisonomía melancólica.

—¡Aquí es!—decía este último;—aquí fué arrojado el cadáver de su padre. ¡Aquí nos condujo el sepulturero al teniente Guevara y á mí!

Ibarra estrechó con efusión la mano del joven.

—No tiene usted que agradecérmelo!—repuso éste.—Debía muchos favores á su padre, y el único que le hice fué acompañarle al sepulcro. Había venido sin conocer á nadie, sin recomendaciones, sin nombre, sin fortuna, como ahora. Mi predecesor había abandonado la escuela para dedicarse á vender tabaco. Su padre de usted me protegió, me procuró una casa y me facilitó cuanto pudiera necesitar para el adelanto de la enseñanza; iba á la escuela y repartía algunos cuartos á los chicos pobres y aplicados, los proveía de libros y papeles. ¡Pero esto, como todas las cosas buenas, duró muy poco!

Ibarra se descubrió y pareció orar largo rato. Volvióse después á su compañero y le dijo:

—Decía usted que mi padre socorría á los chicos pobres. ¿Y ahora?

—Ahora hacen lo posible y escriben cuando pueden,—contestó el joven.

—¿Por qué?

—La causa está en sus rotas camisas y avergonzados ojos.