Ibarra guardó silencio.
—¿Cuántos alumnos tiene usted ahora?—preguntó con cierto interés.
—Más de doscientos en la lista, y en la clase veinticinco.
—¿Cómo es eso?
El maestro de escuela se sonrió melancólicamente y exclamó:
—Decirle á usted las causas es contarle una larga y fastidiosa historia.
—No atribuya usted mi pregunta á una vana curiosidad,—repuso Ibarra gravemente, mirando al lejano horizonte.—He reflexionado mejor, y creo que realizar los pensamientos de mi padre, vale más que llorarle, mucho más que vengarle. Su tumba es la sagrada Naturaleza, y sus enemigos han sido el pueblo y un sacerdote: perdono al primero por su ignorancia, y respeto al segundo por su carácter, y porque quiero que se respete la religión que educó á la sociedad. Quiero inspirarme en el espíritu del que me dió el sér, y por esto desearía conocer los obstáculos que encuentra aquí la enseñanza.
—El país—dijo el maestro—bendecirá su memoria de usted, si realiza usted los hermosos propósitos de su difunto padre. ¿Quiere usted conocer los obstáculos en que tropieza la enseñanza? Pues bien, en las circunstancias en que estamos, sin un poderoso concurso la enseñanza nunca será un hecho; primero, porque en la niñez no hay aliciente ni estímulo, y segundo, porque aún cuando los hubiera, los matan la carencia de medios y muchas preocupaciones. Dicen que en Alemania estudia el hijo del campesino ocho años en la escuela del pueblo; ¿quién querrá emplear aquí la mitad de ese tiempo, cuando se recogen tan escasos frutos? Leen, escriben y se aprenden de memoria trozos y á veces libros enteros en castellano, sin entender de ellos una palabra; ¿qué utilidad saca de la escuela el hijo de nuestros aldeanos?
—Y usted que ve el mal ¿cómo no ha pensado en remediarlo?
—¡Ay!—contestó moviendo tristemente la cabeza;—un pobre maestro, solo, no lucha contra las preocupaciones, contra ciertas influencias. Necesitaría antes que todo tener escuela, un local, y no como ahora que enseño al lado del coche del padre cura, debajo del convento. Allí los niños que gustan de leer en voz alta, incomodan, como es natural, al padre, que á veces desciende nervioso, sobre todo cuando tiene sus ataques, les grita y me insulta á mí á veces. Comprenderá usted que así no se puede enseñar ni aprender; el niño no respeta al maestro desde el instante en que le ve maltratado sin hacer prevalecer sus derechos. El maestro, para ser escuchado, para que su autoridad no se ponga en duda, necesita prestigio, buen nombre, fuerza moral, cierta libertad, y permítame usted que le hable de tristes pormenores. Yo he querido introducir reformas y se han reído de mí. Para remediar aquel mal de que le hablaba, traté de enseñar el español á los niños, porque además de que el Gobierno lo ordenaba, juzgué que sería también una ventaja para todos. Empleé el método más sencillo, de frases y nombres, sin valerme de grandes reglas, esperando enseñarles la gramática cuando ya comprendiesen el idioma. Al cabo de algunas semanas los más listos casi me comprendían y componían algunas frases.