—Apenas restablecido, volví á la escuela y encontré á mis discípulos reducidos á una quinta parte. Los mejores habían desertado á la vuelta del antiguo sistema, y de los que quedaban, unos cuantos que iban á la escuela para huir de los trabajos domésticos, ninguno manifestó alegría, ninguno me felicitó por mi convalecencia: les era igual que sanase ó no, quizás hubieran preferido que hubiese continuado enfermo, porque el sustituto, si bien pegaba más, iba en cambio raras veces á clase. Mis otros alumnos, aquellos que sus padres conseguían obligar á ir á la escuela, íbanse de paseo á otra parte. Culpábanme de haberlos mimado y me llenaban de recriminaciones. Uno, sin embargo, el hijo de una campesina que me visitaba durante mi enfermedad, no volvió porque se había hecho sacristán: el sacristán mayor dice que los sacristanes no deben frecuentar la escuela: se rebajarían.

—Y ¿se resignó usted con sus nuevos alumnos?—preguntó Ibarra.

—¿Podía hacer otra cosa?—contestó.—Sin embargo, como durante mi enfermedad habían sucedido muchas cosas, cambiamos de cura. Concebí una nueva esperanza é intenté hacer otra prueba para que los niños no perdiesen del todo el tiempo y aprovechasen en lo posible los azotes; que al menos que aquellas vergüenzas den para ellos algún fruto, pensé. Quise hacer, ya que ahora no me podían amar, que al menos conservando algo útil de mí, me recordasen después con menos amargura. Usted ya sabe que en la mayor parte de las escuelas están en castellano los libros, á excepción del Catecismo tagalo, que varía según la corporación religiosa á que pertenece el cura. Estos libros suelen ser novenas, trisagios, el catecismo del padre Astete, de los que tanta piedad sacan como de los libros de los herejes. En la imposibilidad de enseñarles el castellano ni de traducir tantos libros, he procurado sustituirlos poco á poco por cortos trozos, sacados de obras útiles tagalas, como el tratado de Urbanidad de Hortensio y Feliza, algunos manualitos de Agricultura, etc., etc. A veces yo mismo traducía obritas como la historia de Filipinas del padre Barranera y los dictaba después, para que los reuniesen en cuadernos, aumentándolos á veces con propias observaciones. Como no tenía mapas para enseñarles Geografía, copié uno de la provincia que ví en la Cabecera, y con esta reproducción y las baldosas del suelo les dí algunas ideas del país. Esta vez fueron las mujeres las que se alborotaron; los hombres se contentaban con sonreir viendo en ello una de mis locuras. El nuevo cura me hizo llamar, y si bien no me reprendió, me dijo que primero debía cuidarme de la religión, y que antes de enseñar estas cosas, debían los niños probar en un examen que saben bien de memoria los Misterios, el Trisagio y el Catecismo de la Doctrina Cristiana.

En el entretanto, pues, estoy trabajando para que los chicos se conviertan en papagayos y puedan saber de memoria tantas cosas de las cuales no entienden una sola palabra. Muchos saben ya los Misterios y el Trisagio, pero me temo que no se estrellen mis esfuerzos con el padre Astete, pues la mayor parte de mis alumnos no distinguen aún muy bien las preguntas de las respuestas y lo que ambas cosas pueden significar. ¡Y así moriremos y así harán los que han de nacer, y en Europa se hablará del Progreso!

—¡No seamos tan pesimistas!—repuso Ibarra levantándose.—El teniente mayor me ha pasado una invitación para asistir á una junta en el tribunal... ¿Quién sabe si allí tendrá usted una respuesta á sus preguntas?

El maestro se levantó también, pero sacudiendo la cabeza en señal de duda, respondió:

—¡Va usted á ver cómo el proyecto ese de que me hablaron se queda también como los míos! Y si no, ¡veámoslo!


[1] Pequeñas embarcaciones; los paraos están adornados con cañas. [↑]