XX

La junta en el Tribunal[1]

Era una sala de doce á quince metros de larga por ocho á diez de ancha. Sus muros, blanqueados de cal, estaban cubiertos de dibujos al carbón, más ó menos feos, más ó menos indecentes, con inscripciones que completaban su sentido. En un rincón y adosados ordenadamente al muro, se veían unos diez viejos fusiles de chispa entre sables roñosos, espadines y talibones: aquello era el armamento de los cuadrilleros[2].

En un extremo de la sala, que adornan sucias cortinas rojas, se escondía colgado de la pared el retrato de S. M.; debajo del retrato, sobre una tarima de madera, un viejo sillón abría sus destrozados brazos; delante, una grande mesa de madera, manchada de tinta, picada y tallada de inscripciones y monogramas, como muchas mesas de las tabernas alemanas que frecuentan los estudiantes. Bancos y sillas desvencijadas completaban el mueblaje.

Esta es la sala de las sesiones, del tribunal, de la tortura, etc. Aquí conversan ahora las autoridades del pueblo y de los barrios: el partido de los viejos no se mezcla con el de los jóvenes, y unos y otros no se pueden sufrir: representan el partido conservador y el liberal, sólo que sus luchas adquieren en los pueblos un carácter extremado.

—¡La conducta del gobernadorcillo me escama!—decía don Filipo, el jefe del partido liberal, á sus amigos;—lleva un plan preconcebido en esto de dejar hasta la última hora la discusión del presupuesto. Notad que apenas nos quedan once días.

—¡Y se ha quedado en el convento á conferenciar con el cura que está enfermo!—observó uno de los jóvenes.

—¡No importa!—repuso otro;—todo lo tenemos ya preparado Con tal que el proyecto de los viejos no obtenga la mayoría...

—¡No lo creo!—dijo don Filipo;—yo presentaré el proyecto de los viejos.

—¿Cómo? ¿qué decís?—preguntaron sus oyentes sorprendidos.