—Digo que si hablo el primero, presentaré el proyecto de nuestros enemigos.

—Y ¿el nuestro?

—De presentarlo os encargaréis vos,—contestó el teniente sonriendo y dirigiéndose á un joven cabeza de barangay[3]; hablaréis después que haya yo sido derrotado.

—¡No os comprendemos, señor!—decían los interlocutores, mirándole llenos de duda.

—¡Oid!—dijo don Filipo en voz baja á dos o tres que le escuchaban.—Esta mañana me encontré con el viejo Tasio.

—Y ¿qué?

—El viejo me dijo: «Vuestros enemigos os odian á vos más que á vuestras ideas. ¿Queréis que una cosa no se haga? pues proponedla, y aunque fuese más útil que una mitra será rechazada. Una vez que os hayan derrotado, haced que exponga lo que queríais el más modesto de entre todos, y vuestros enemigos, por humillaros, lo aprobarán.» Pero guardadme el secreto.

—Pero...

—Por eso propondré el proyecto de nuestros enemigos exagerándolo hasta el ridículo. ¡Silencio! ¡El señor Ibarra y el maestro de escuela!

Ambos jóvenes saludaron á unos grupos y otros sin tomar parte en sus conversaciones.