Momentos después entró el gobernadorcillo con el rostro disgustado: era el mismo que vimos ayer llevando una arroba de velas. A su entrada cesaron los murmullos, cada cual tomó asiento, reinando poco á poco el silencio.
Sentóse el capitán[4] en el sillón colocado debajo del retrato de Su Majestad, tosió cuatro ó cinco veces, pasóse las manos por la cabeza y la cara, puso los codos sobre la mesa, los retiró, volvió á toser y así sucesivamente.
—¡Señores!—repuso al fin con voz desfallecida:—me he atrevido á convocaros á todos para esta junta... ¡ejem! ¡ejem!... tenemos que celebrar la fiesta de nuestro patrón San Diego, el 12 de este mes... ¡ejem! ¡ejem! hoy estamos á dos... ¡ejem! ¡ejem!
Y aquí le atacó una tos pausada y seca, que le redujo al silencio.
Levantóse entonces del banco de los viejos un hombre de unos cuarenta años, de aspecto arrogante. Era el rico capitán Basilio, contrario del difunto don Rafael, un hombre que pretendía que desde la muerte de Santo Tomás de Aquino el mundo no había dado un paso hacia adelante, y que desde que él dejó San Juan de Letrán, la humanidad empezó á retroceder.
—Permítanme VV. SS. que tome la palabra en un asunto tan interesante,—dijo.—Hablo el primero, si bien otros de los que aquí están presentes tienen más derechos que yo, pero hablo el primero porque me parece que en estas cosas el hablar el primero no significa que sea uno el primero, así como hablar el último no significa tampoco que sea uno el último. Además, las cosas que tendré que decir son de una importancia tal, que no son para dejadas ni dichas al último, y por eso quisiera hablar el primero para darle su tono correspondiente. Me permitirán pues VV. SS. que hable el primero en esta junta donde veo muy notabilísimas personas como el capitán actual; el capitán pasado, mi distinguido amigo don Valentín; el capitán pasado, mi amigo de la infancia don Julio; nuestro célebre capitán de cuadrilleros, don Melchor, y tantas otras señorías más, que para ser breve no quiero mentar, que VV. SS. ven aquí presentes. Suplico á VV. SS. que me permitan el uso de la palabra antes que otro alguno hable. ¿Tendría yo la fortuna de que la Junta accediese á mi humilde ruego?
Y el orador se inclinó respetuosamente sonriendo.
—¡Ya podéis hablar, que os escuchamos con ansia!—dijeron los amigos aludidos y otras personas que le tenían por un gran orador: los viejos tosían con satisfacción y se frotaban las manos.
Capitán Basilio, después de limpiarse el sudor con su pañuelo de seda, prosiguió:
—Ya que VV. SS. han sido tan amables y tan complacientes con mi humilde persona, concediéndome el uso de la palabra antes que á otro cualquiera de los que aquí están presentes, me aprovecharé de este permiso, tan generosamente concedido, y voy á hablar. Me imagino con mi imaginación que me encuentro en medio del respetabilísimo Senado romano, senatus populusque romanus que decíamos en aquellos hermosos tiempos, que fatalmente para la humanidad no volverán ya, y pediré á los patres conscripti, que diría el sabio Cicerón, si estuviera en mi lugar, pediré, puesto que nos falta tiempo, y el tiempo es oro como decía Salomón, que en esta importante cuestión cada uno exponga su parecer clara, breve y sencillamente. He dicho.