Y satisfecho de sí mismo y de la atención de la sala, el orador se sentó no sin dirigir una mirada de superioridad á Ibarra que estaba sentado en un rincón, y otra de mucha significación á sus amigos como diciéndoles: «¡Ah! ¿He hablado bien? ¡ah!»
Sus amigos reflejaron también ambas miradas, dirigiéndose hacia los jóvenes como para matarlos de envidia.
—Ahora puede hablar el que quiera, ¡ejem!—repuso el gobernadorcillo sin poder acabar su frase... que la tos y los suspiros interrumpieron.
A juzgar por el silencio, ninguno quería dejarse llamar uno de los patres conscripti, ninguno se levantaba: entonces don Filipo aprovechó la ocasión y pidió la palabra.
Los conservadores guiñaron los ojos y se hicieron señas significativas.
—Yo voy á presentar mi presupuesto, señores, para la fiesta,—dijo don Filipo.
—¡No lo podemos admitir!—contestó un viejo tísico, conservador intransigente.
—¡Votamos en contra!—dijeron los otros adversarios.
—¡Señores!—dijo don Filipo reprimiendo una sonrisa;—aún no he expuesto el proyecto que nosotros, los jóvenes, traemos aquí. Este gran proyecto, estamos seguros de que será preferido por todos al que idean ó pueden idear nuestros adversarios.
Este presuntuoso exordio acabó de irritar los ánimos de los conservadores, quienes juraron in corde hacerle una terrible oposición. Don Filipo prosiguió: