Los conservadores movían la cabeza satisfechos.
—¡Este joven habla bien!—¡Es modesto!—¡Raciocina admirablemente!—se decían unos á otros.
—¡Es lástima que no sepa gesticular bien!—observó Cpn. Basilio.—Pero ¡ya se ve! no ha estudiado á Cicerón y aún es muy joven.
—Si os presento, señores, un programa ó proyecto,—continuó el joven,—no lo hago con el pensamiento de que lo encontraréis perfecto, ni lo aceptaréis; quiero, al mismo tiempo que me someto una vez más á la voluntad de todos, probar á los viejos que pensamos siempre como ellos, puesto que hacemos nuestras todas las ideas que tan elegantemente ha expresado Cpn. Basilio.
—¡Bien dicho, bien dicho!—decían los lisonjeados conservadores.
Cpn. Basilio hacía señas al joven para decirle cómo debía mover el brazo y poner el pie. El único que permanecía impasible era el gobernadorcillo, distraído ó preocupado: ambas cosas parecía. El joven prosiguió, animándose:
—Mi proyecto, señores, se reduce á lo siguiente: inventar nuevos espectáculos que no sean los ordinarios y comunes que vemos cada día, y procurar que el dinero recaudado no salga del pueblo, ni se gaste vanamente en pólvoras, sino que se emplee en alguna cosa de utilidad para todos.
—¡Eso es! ¡eso es!—asintieron los jóvenes;—eso queremos.
—¡Muy bien!—añadieron los viejos.
—¿Qué sacamos nosotros de una semana de comedias que pide el teniente mayor? ¿Qué aprendemos con los reyes de Bohemia y Granada, que mandan cortar la cabeza á sus hijas ó las cargan en un cañón y luego el cañón se convierte en trono? Ni somos reyes, ni somos bárbaros, ni tenemos cañones, y si les imitásemos nos ahorcarían en Bagumbayan. ¿Qué son esas princesas que se mezclan en las batallas, reparten tajos y mandobles, pelean con príncipes y vagan solas por montes y valles, como seducidas del Tikbalang[7]? En nuestras costumbres amamos la dulzura y la ternura en la mujer y temeríamos estrechar unas manos de doncella, manchadas en sangre, aun cuando esa sangre fuese la de un moro ó gigante; entre nosotros menospreciamos y tenemos por vil al hombre que levanta la mano sobre una mujer, ya sea príncipe, alférez, ó rudo campesino. ¿No sería mil veces mejor que representásemos la pintura de nuestras propias costumbres, para corregir nuestros vicios y defectos y ensalzar las buenas cualidades?