Al fin los viajeros se alejaron, y Sisa suspiró. Apartó un instante el pañuelo para ver si aún estaban lejos del pueblo. Quedaban algunos postes de telégrafos antes de llegar al bantayan ó garita. Jamás le había parecido tan larga aquella distancia.
A orillas del camino crecía un frondoso cañaveral, á cuya sombra descansaba ella en otros tiempos. Allí le daba dulce conversación su novio; él la ayudaba á llevar el cesto de frutas y legumbres; ¡ay! aquello pasó como un sueño; el novio fué marido y al marido le hicieron cabeza de barangay y entonces la desgracia comenzó á llamar á su puerta.
Como el sol empezaba á arder, preguntáronla los soldados si quería descansar.
—¡Gracias!—respondió horrorizada.
Pero donde se apoderó de ella verdadero terror fué al acercarse al pueblo. Angustiada, dirigió una mirada en torno suyo: ¡vastos arrozales, un pequeño canal de riego, árboles raquíticos; ni un precipicio ni una roca contra la cual estrellarse! Arrepintióse de haber seguido á los soldados hasta allí; echó de menos el profundo río que corría cerca de su choza, cuyas altas orillas, sembradas de puntiagudas rocas, ofrecían tan dulce muerte. Pero el pensamiento de sus hijos, de su hijo Crispín cuya suerte aún ignoraba, la alumbró en aquella noche, y pudo murmurar resignada:
—¡Después... después iremos á vivir en el fondo del bosque!
Secóse los ojos, procuró serenarse y dirigiéndose á los guardias, les dijo en voz baja:
—¡Ya estamos en el pueblo!
Su acento era indefinible; era queja, reconvención, lamento; era una plegaria, era el dolor condensado en sonido.
Los soldados, conmovidos, le respondieron con un gesto. Sisa se adelantó rápidamente y procuró afectar un aire tranquilo.