—Y ¿por qué no?
—¡Ah! ¡compadeceos de mí!—suplicó casi de rodillas.—Soy muy pobre, no tengo ni oro, ni alhajas que ofreceros: lo único que tenía me lo habéis sacado ya, la gallina que yo pensaba vender... llevaos todo lo que encontréis en mi choza, pero dejadme aquí en paz, ¡dejadme aquí morir!
—¡Adelante! tienes que venir, y si no sigues á gusto te ataremos.
Sisa rompió en amargo llanto. Aquellos hombres eran inflexibles.
—¡Dejadme al menos ir delante á una distancia!—suplicó cuando sintió que la cogían brutalmente y la empujaban.
Los dos soldados se conmovieron y conferenciaron entre sí en voz baja.
—¡Bien!—dijo uno;—como de aquí hasta que entremos en el pueblo puedes correr, estarás entre nosotros dos. Una vez allá podrás marchar delante á unos veinte pasos; pero ¡cuidado! no entres en ninguna tienda, no te detengas. ¡Adelante y aprisa!
Vanas fueron las súplicas, vanas las razones, inútiles las promesas. Los soldados decían que se comprometían bastante y le concedían demasiado.
Al verse en medio de los dos sintió morirse de vergüenza... Nadie en verdad venía por el camino, pero y ¿el aire y la luz del día? El verdadero pudor ve miradas en todas partes. Cubrióse la cara con el pañuelo, y marchando á ciegas lloró en silencio sobre su humillación. Conocía su miseria, sabía que estaba abandonada de todos, aun de su mismo marido, pero hasta ahora se había considerado honrada y estimada: hasta ahora había mirado con compasión á aquellas mujeres, vestidas escandalosamente, que el pueblo denomina concubinas de los soldados. Ahora le parecía haber descendido una grada más que aquéllas en la escala de la vida.
Oyéronse pisadas de caballos: eran los que llevaban pescados á los pueblos del interior. Hacían sus viajes en pequeñas caravanas hombres y mujeres montados en malos jacos, entre dos cestos colgados á los costados del animal. Varios de ellos, al pasar delante de su choza, le habían pedido agua para beber y regalado algunos pescados. Ahora, al pasar á su lado, le parecía que la atropellaban y pisoteaban y que sus miradas, compasivas ó desdeñosas, penetraban al través de su pañuelo y asaeteaban su cara.