—¿Dónde está el dinero que te han traído anoche tus hijos?
—¡Ah! el dinero...
—¡No nos lo niegues, que será peor para tí!—añadió el otro.—Hemos venido para prender á tus hijos y el mayor se nos ha escapado; ¿dónde has escondido al menor?
Al oir esto, Sisa respiró.
—¡Señor! contestó; hace muchos días que no he visto á mi hijo Crispín: esperaba verle esta mañana en el convento y allí solamente me dijeron que...
Los dos soldados cambiaron una mirada significativa.
—¡Bueno!—exclamó uno de ellos;—danos el dinero y te dejaremos en paz.
—¡Señor!—suplicó la desgraciada mujer;—mis hijos no roban aunque tengan hambre: estamos acostumbrados á padecerla. Basilio no me ha traído ni un cuarto; registrad toda la casa y si encontráis un solo real, haced de nosotros lo que queráis. Los pobres ¡no somos todos ladrones!
—Entonces,—repuso el soldado lentamente y fijando sus miradas en los ojos de Sisa—vienes con nosotros; tus hijos ya procurarán parecer y soltar el dinero que han robado. ¡Síguenos!
—¿Yo?... ¿seguiros?—murmuró la mujer retrocediendo y mirando con espanto los uniformes de los soldados.