—¡Qué buenos son y qué buen corazón tienen!—murmuró casi llorando de alegría.

Hubieran los soldados quemado la casa, pero dejando en libertad á sus hijos, y ella los habría colmado de bendiciones.

Miró otra vez agradecida al cielo, que surcaba una bandada de garzas, esas nubes ligeras de los cielos de Filipinas, y, renaciendo en su corazón la confianza, prosiguió su camino.

Al aproximarse á aquellos hombres temibles, Sisa hacía de mirar á todas partes como distraída y fingía no ver su gallina, que piaba pidiendo socorro. Apenas pasó á su lado, quiso correr, pero la prudencia moderó sus pasos.

No se había alejado mucho cuando oyó que la llamaban imperiosamente. Estremecióse, pero hízose la desentendida y continuó andando. Tornaron á llamarla, pero esta vez con un grito y una palabra insultante. Volvióse á pesar suyo toda pálida y temblorosa. Un guardia civil le hacía señas con la mano.

Acercóse Sisa maquinalmente, sintiendo su lengua paralizarse de terror y secándosele la garganta.

—¡Dinos la verdad ó si no te atamos á aquel árbol y te pegamos dos tiros!—dijo uno de ellos con voz amenazadora.

La mujer miró hacia el árbol.

—¿Eres la madre de los ladrones, tú?—preguntó el otro.

—¡Madre de los ladrones!—repitió Sisa maquinalmente.